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Notas de Elbio Córdoba

 

Publicadas en Argentina y el mundo...

 

¿Cuánto tiempo dura un taller de guión?
Como el empleo del tiempo es similar a la administración del dinero, tal vez se intente, con un tiempo corto, representar un precio bajo y una atractiva oferta. Algo así como pagar una entrada al cine en el día y horario más baratos. Una entrada con forma de certificado para ingresar a la sala desde el otro lado de la pantalla.
El taller es un lugar único de encuentro, sobre todo, con uno mismo. Ni la escuela, ni el club, ni la reunión de amigos, ni la familia, proveen la contención que el autor recibe en un taller. Al ser un encuentro con uno mismo ante los demás, el taller ayuda a dejar de lado nuestro ego que nos dice que todo está muy bien y que nadie más que uno mismo sabe lo que quiere contar.
En el taller se aprende y se comparte mucho. Se adquieren saberes únicos. Se conoce gente que no conoceríamos porque, tanto ellos como nosotros, fuera del taller, estamos encerrados escribiendo y, después de un tiempo más largo que el necesario, sacamos a relucir obras demasiado maduras y voluminosas como para encontrar quien nos haga el favor de leerlas. Esto no significa que cada uno no pueda escribir por su cuenta, claro.
Por esto creo que la duración del taller (con su dinámica de experimentación que dificulta la consecución uniforme de objetivos individuales) depende de cada participante. Otra de las razones por las que el taller tiene una duración imprecisa es por desprenderse de las obligaciones de un programa de conceptos teóricos a revisar, como sucede con cursos, carreras de asignaturas académicas, exámenes parciales y finales, objetivos a plazos cuatrimestrales o anuales.
La diferencia entre asistir a un taller o a cualquier otra experiencia formativa es similar a la que existe entre la permanencia y la eternidad, entre evolución y repetición, entre instinto y deseo. Las primeras tienen el status de la respiración, los segundos funcionan como la adquisición insistente de bienes de consumo. El taller es atravesado por las tensiones vitales de la convivencia mientras las otras experiencias ofrecen clases, exámenes y certificados. Fuera del taller, el profesor siempre sabe y el shopping tiene lo que deseamos.
El taller, entonces para mí, es permanente (ni limitado ni eterno). Y permite, sin planes rígidos, deambular por aquellos conceptos que llamen la atención en distintos momentos y de distintas maneras. Trabajar, por ejemplo, sobre diálogos durante tres reuniones y luego desarrollar personajes durante cinco reuniones, y después volver a prácticas de diálogo.
Las consignas de los ejercicios de taller (algunos más lúdicos, otros más técnicos) tienen la misión de entrenar. Son medios, no fines. Seguir sus consignas no es hacer lo que el coordinador dice. Se hace lo que cada uno quiere, sin dejar de tener en cuenta al grupo. Es como los aprendizajes orientales para la lucha. La práctica constante puede no tener una aplicación inmediata. Pero, años después de haber comenzado a practicar todos los días, puede llegar el momento de aplicar esa habilidad. Ejercitar y ejercer, dos instancias con el autor como puente.
El taller no consiste en clases de un docente con público cautivo, no es un curso, no tiene final, cada uno entra y sale de la experiencia cuando lo cree conveniente. No tiene plazos aunque los participantes sí los tengan individualmente. ¿Quién, sino cada participante del taller, sabe entonces cuándo comienza y cuándo termina?
Nadie empieza tarde, sino cuando cada uno cree que es su momento. Nadie se va tiempo después de que quiera irse, sino cuando tiene la sensación de haber terminado con ese período de su labor. Lo que no significa que no se pueda volver cuando se crea necesario.
Si la incertidumbre domina todo el proceso de escritura o realización de una película, es la intuición el camino para llegar a buen puerto en la práctica de taller. El objetivo es que cada integrante encuentre su propio camino. Para eso no hay conjunto de normas o programa de estudios que satisfaga las necesidades únicas de cada individuo.
Conozco distintos talleres que establecen, cada uno, sus propias normas de trabajo, algunos de leyes muy rígidas, otros sin más reglas que las que se van decidiendo sobre la marcha. Para el taller permanente de guión que coordino en Rosario, Argentina, he tomado ejemplos de los talleres de cuento, prosa y poesía por los que pasé en distintos momentos. En ellos descubrí –por un lado- que los mejores maestros, guías, coordinadores, o como se les quiera llamar, son los que están menos interesados en el tema que imparten, en los plazos a cumplir o en los certificados a otorgar, que en las personalidades de sus coordinados. Por otro lado, entendí que, en un taller, el coordinador también es alguien en formación permanente. Poner en cuestión el saber del docente, es algo que genera tantas inquietudes que sería un tema bastante extenso e interesante de tratar.-
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Posted on 26 Apr 2008 by Elbio

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