CONTRA LA SEGUNDA PERSONA EN EL DIÁLOGO
Utilizar abusivamente la segunda persona, le dificulta al diálogo cumplir las funciones para las cuáles, en general, se emplea. Las funciones de caracterizar a los personajes, de comunicar entre ellos, de hacer avanzar la acción y de informar al espectador, se ven disminuidas, enrarecidas, entorpecidas.
La abundancia de “tú”, la mayoría de las veces, denuncia personajes no suficientemente construidos, que casi no pueden hablar sin apoyarse en otras existencias. Así, se debilita la caracterización, el plantel de personajes pierde contraste y todo se hace demasiado impersonal. Más allá de las excepciones, que siempre las hay, si el personaje está bien construido habla por quien es y por cómo es, no por la circunstancia en que se encuentra.
Todo en segunda persona produce un bloque de tiros y rebotes que, en general, termina desbarrancándose, tirando la pelota afuera o contra la red. Lejos de permitir que afloren los caracteres de cada interlocutor, todo tiende a una discusión estéril. El intercambio se reduce a ver quién tiene razón sobre algún tópico, no sobre quién es quien y qué quiere en la historia o en la escena.
La segunda persona es la más utilizada en esquemas de interacción polémica: peleas, discusiones, acusaciones y órdenes. Estos actos del lenguaje, en muchos casos, pretenden suplir infructuosamente la ausencia de otras acciones que no dependan del habla de los personajes. La relación de poder que establece el “tú” ayuda en ciertas circunstancias pero no en todas. En esquemas de interacción didáctica o dialéctica, sabemos, no resulta lo más adecuado.
Es muy frecuente, y es lógico que así sea, que entre hermanos se use la segunda persona. Los hermanos viven acusándose porque saben que siempre seguirán siendo hermanos por más peleas y acusaciones que se crucen. Ya es algo que les viene dado. Pero lo más terrible es cuando se dicen “no te olvides que soy tu hermano”. Esta determinación de identidad, lejos de comunicar entre los personajes, informa de manera grosera al espectador. “No te olvides que soy tu madre”, “no te olvides que estamos casados”, etc. Es obvio que no se olvidan semejantes vínculos.
El abuso de la segunda persona impide generar contrastes, dificulta la nitidez narrativa y complica la graduación sucesiva de la tensión. Empasta el diálogo y la mayoría de las veces genera la impresión de que la historia no avanza, se alarga, se hace redundante y previsible. Dicho sea de paso, tanto tratarse de “tu, esto” y “tú, lo otro” entre los personajes, hace mucho más evidente la condición de convidado de piedra del espectador.
También está la cuestión de la musicalidad de cada diálogo. Si cada escena es distinta de las demás, bueno sería que cada diálogo tenga una música o, mejor, una vibración diferente. No sólo por el esquema predominante en ese fragmento narrativo, sino también por quiénes son los que intercambian, por la ubicación más temprana o más tardía de esa escena en el relato y por la importancia relativa de la información a transmitirse en ese momento.
Para mí, lo más conveniente a la hora de escribir las escenas es tener claro, no sólo quién es el personaje sino también qué quiere allí. Si el trabajo con guiones implica escribir y reescribir, podemos aprovechar esos tiempos para pensar dos veces antes de utilizar “tú”, “vos” o “usted” dentro de cada intervención de diálogo. Es gratificante ver los resultados de cambiar la segunda persona por la primera, del singular o del plural. Aparecen de inmediato mayores sutilezas, más subtexto y energía mejor dispuesta para el avance de las acciones. Se puede hablar con alguien sin nombrarlo; gracias al estímulo audiovisual, tanto el interlocutor como los espectadores se dan cuenta de que el otro existe.
Revisando novelas de jóvenes escritores argentinos, he notado que se repite la tendencia. Ésta (como la abulia de los personajes, los revólveres tardíos, los suicidios injustificados, etc.) es una de las tantas características de un fenómeno que, parafraseando a Truffaut, podría denominarse “una cierta tendencia del cine argentino”. Pero ésa, tú sabes, es otra historia.-
La abundancia de “tú”, la mayoría de las veces, denuncia personajes no suficientemente construidos, que casi no pueden hablar sin apoyarse en otras existencias. Así, se debilita la caracterización, el plantel de personajes pierde contraste y todo se hace demasiado impersonal. Más allá de las excepciones, que siempre las hay, si el personaje está bien construido habla por quien es y por cómo es, no por la circunstancia en que se encuentra.
Todo en segunda persona produce un bloque de tiros y rebotes que, en general, termina desbarrancándose, tirando la pelota afuera o contra la red. Lejos de permitir que afloren los caracteres de cada interlocutor, todo tiende a una discusión estéril. El intercambio se reduce a ver quién tiene razón sobre algún tópico, no sobre quién es quien y qué quiere en la historia o en la escena.
La segunda persona es la más utilizada en esquemas de interacción polémica: peleas, discusiones, acusaciones y órdenes. Estos actos del lenguaje, en muchos casos, pretenden suplir infructuosamente la ausencia de otras acciones que no dependan del habla de los personajes. La relación de poder que establece el “tú” ayuda en ciertas circunstancias pero no en todas. En esquemas de interacción didáctica o dialéctica, sabemos, no resulta lo más adecuado.
Es muy frecuente, y es lógico que así sea, que entre hermanos se use la segunda persona. Los hermanos viven acusándose porque saben que siempre seguirán siendo hermanos por más peleas y acusaciones que se crucen. Ya es algo que les viene dado. Pero lo más terrible es cuando se dicen “no te olvides que soy tu hermano”. Esta determinación de identidad, lejos de comunicar entre los personajes, informa de manera grosera al espectador. “No te olvides que soy tu madre”, “no te olvides que estamos casados”, etc. Es obvio que no se olvidan semejantes vínculos.
El abuso de la segunda persona impide generar contrastes, dificulta la nitidez narrativa y complica la graduación sucesiva de la tensión. Empasta el diálogo y la mayoría de las veces genera la impresión de que la historia no avanza, se alarga, se hace redundante y previsible. Dicho sea de paso, tanto tratarse de “tu, esto” y “tú, lo otro” entre los personajes, hace mucho más evidente la condición de convidado de piedra del espectador.
También está la cuestión de la musicalidad de cada diálogo. Si cada escena es distinta de las demás, bueno sería que cada diálogo tenga una música o, mejor, una vibración diferente. No sólo por el esquema predominante en ese fragmento narrativo, sino también por quiénes son los que intercambian, por la ubicación más temprana o más tardía de esa escena en el relato y por la importancia relativa de la información a transmitirse en ese momento.
Para mí, lo más conveniente a la hora de escribir las escenas es tener claro, no sólo quién es el personaje sino también qué quiere allí. Si el trabajo con guiones implica escribir y reescribir, podemos aprovechar esos tiempos para pensar dos veces antes de utilizar “tú”, “vos” o “usted” dentro de cada intervención de diálogo. Es gratificante ver los resultados de cambiar la segunda persona por la primera, del singular o del plural. Aparecen de inmediato mayores sutilezas, más subtexto y energía mejor dispuesta para el avance de las acciones. Se puede hablar con alguien sin nombrarlo; gracias al estímulo audiovisual, tanto el interlocutor como los espectadores se dan cuenta de que el otro existe.
Revisando novelas de jóvenes escritores argentinos, he notado que se repite la tendencia. Ésta (como la abulia de los personajes, los revólveres tardíos, los suicidios injustificados, etc.) es una de las tantas características de un fenómeno que, parafraseando a Truffaut, podría denominarse “una cierta tendencia del cine argentino”. Pero ésa, tú sabes, es otra historia.-
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Posted on 26 Apr 2008 by Elbio
