SOBRE EL BAFICI
Sí es cierto que, más allá de cuestiones estéticas, asistir al Bafici, allí en el Hoyts del Abasto (viendo los cortos publicitarios previos a las películas) es encontrarse con la idea de que lo independiente se destaca más por sus rasgos negativos que por sus aportes al arte contemporáneo. El año pasado unas publicidades del diario Clarín sostenían que la ineptitud para filmar es la principal característica de los realizadores independientes. Este año “el gobierno de la ciudad” se despachó con un par de cortos que sostenían que al cine independiente hay quienes no lo entienden y que por lo tanto se quedan afuera. “Si no es para vos, no es para vos”. Triste.
Sí es cierto que el aumento de días de proyección, homenajes, retrospectivas y focos, hace más difícil encontrar esa programación que aborda la exploración del presente del cine, que no es todo el cine. La cantidad no es el mejor cristal para ver cine, en todo caso, si algo hay que aumentar es el empeño en difundir hacia otros mercados las películas que son exhibidas aquí. Tarkovski hablaba del espectador omnívoro al que calificaba de mediocre. La cinefilia es otra cosa, es una enfermedad que pretende ver todo lo posible, pero que no por eso va a fagocitar cualquier cosa. El espectador de grandes urbes parece creer que fagocitar todo reducirá tal vez la manera en que él es fagocitado por la urbe. A ese espectador parece apuntar un festival que ha crecido en cantidad de retrospectivas y disminuido en descubrimientos. Mayor cantidad de películas no significó mayor cantidad de nuevos artistas respecto de anteriores ediciones. Organizar retrospectivas o panoramas futuros respeta la idea de un cine como objeto de culto, de rareza distante o de pieza de museo. El futuro también será pasado. El presente siempre es presente. Si algo tiene de valor el cine es que es un arte del presente. El Bafici, al dejar de ser presente, se nivela a una muestra y no a un festival con identidad propia.
Ante la cantidad, el espectador omnívoro se vio forzado a elegir. Entonces, fue evidente que hubo falta de riesgo en las elecciones. Las entradas que primero se agotaron fueron las de películas de directores independientes “consagrados”, aquellas que seguramente recorrerán el circuito de cineclubes en los próximos meses, o que también serán exhibidas en las salas comerciales. El riesgo era una identidad del Bafici.
Así, de la preocupación por manejar un espacio de arte se pasó a la preocupación por manejar un espacio ganado al mercado oficial del cine. Es notorio que, en el mismo sitio web oficial del Bafici, en los festivales anteriores se destacan los premios. Desde el octavo ya ni aparecen los premios a favor de números y más números. Y los números restan.
Mientras se atienden los números se pierden de vista las películas. La atención a los números es característica de funcionarios más preocupados en mantener su puesto que en defender una ética. Tragarse los sapos que sirven el INCAA, el Gobierno de Buenos Aires o quien sea, no garantiza la continuidad de ningún espacio. El reclamo no debe ser por mendigar un presupuesto para seguir existiendo. No es el dinero el que atrae al arte sino el arte el que atrae al dinero. Quienes quieran que se mantenga el Bafici, antes que ocuparse de la obtención de condiciones dignas, deberían ocuparse de obtener mejores condiciones artísticas. Parece necesaria una política de contactos con instituciones, medios de comunicación, sistemas de distribución públicos y privados que permita un flujo más aceitado de circulación de películas, y salir un poco de la vieja política de “traer lo nuevo porque lo nuevo siempre está afuera”.
Porque sino, el punto de vista se acercará cada vez más al tipo de mirada que ofrece el festival de Mar del Plata, donde hay más figuración política que disfrute del cine. Ya demasiado relacionados están los diarios y los canales porteños con los organizadores de estos Festivales y con el gobierno. Son pocos, se conocen bien y nadie quiere sacar los pies del plato que los alimenta.
Claro que debe seguir existiendo. Pero no como una vidriera de shopping en la que se presentan muestras casi gratis (el precio de la entrada también es una cuestión debatible) del cine que nos estamos perdiendo cada vez que se estrena una película de Hollywood. Debe despojarse de la preocupación por ser aceptado por el gobierno de turno. No hacen falta protestas sindicales o sectoriales. Si algún reclamo debe hacerse, es por el respeto a la libertad de acción artística, para que siga como un ámbito en donde lo primero que se respete sea la poesía del acto narrativo.-
Sí es cierto que el aumento de días de proyección, homenajes, retrospectivas y focos, hace más difícil encontrar esa programación que aborda la exploración del presente del cine, que no es todo el cine. La cantidad no es el mejor cristal para ver cine, en todo caso, si algo hay que aumentar es el empeño en difundir hacia otros mercados las películas que son exhibidas aquí. Tarkovski hablaba del espectador omnívoro al que calificaba de mediocre. La cinefilia es otra cosa, es una enfermedad que pretende ver todo lo posible, pero que no por eso va a fagocitar cualquier cosa. El espectador de grandes urbes parece creer que fagocitar todo reducirá tal vez la manera en que él es fagocitado por la urbe. A ese espectador parece apuntar un festival que ha crecido en cantidad de retrospectivas y disminuido en descubrimientos. Mayor cantidad de películas no significó mayor cantidad de nuevos artistas respecto de anteriores ediciones. Organizar retrospectivas o panoramas futuros respeta la idea de un cine como objeto de culto, de rareza distante o de pieza de museo. El futuro también será pasado. El presente siempre es presente. Si algo tiene de valor el cine es que es un arte del presente. El Bafici, al dejar de ser presente, se nivela a una muestra y no a un festival con identidad propia.
Ante la cantidad, el espectador omnívoro se vio forzado a elegir. Entonces, fue evidente que hubo falta de riesgo en las elecciones. Las entradas que primero se agotaron fueron las de películas de directores independientes “consagrados”, aquellas que seguramente recorrerán el circuito de cineclubes en los próximos meses, o que también serán exhibidas en las salas comerciales. El riesgo era una identidad del Bafici.
Así, de la preocupación por manejar un espacio de arte se pasó a la preocupación por manejar un espacio ganado al mercado oficial del cine. Es notorio que, en el mismo sitio web oficial del Bafici, en los festivales anteriores se destacan los premios. Desde el octavo ya ni aparecen los premios a favor de números y más números. Y los números restan.
Mientras se atienden los números se pierden de vista las películas. La atención a los números es característica de funcionarios más preocupados en mantener su puesto que en defender una ética. Tragarse los sapos que sirven el INCAA, el Gobierno de Buenos Aires o quien sea, no garantiza la continuidad de ningún espacio. El reclamo no debe ser por mendigar un presupuesto para seguir existiendo. No es el dinero el que atrae al arte sino el arte el que atrae al dinero. Quienes quieran que se mantenga el Bafici, antes que ocuparse de la obtención de condiciones dignas, deberían ocuparse de obtener mejores condiciones artísticas. Parece necesaria una política de contactos con instituciones, medios de comunicación, sistemas de distribución públicos y privados que permita un flujo más aceitado de circulación de películas, y salir un poco de la vieja política de “traer lo nuevo porque lo nuevo siempre está afuera”.
Porque sino, el punto de vista se acercará cada vez más al tipo de mirada que ofrece el festival de Mar del Plata, donde hay más figuración política que disfrute del cine. Ya demasiado relacionados están los diarios y los canales porteños con los organizadores de estos Festivales y con el gobierno. Son pocos, se conocen bien y nadie quiere sacar los pies del plato que los alimenta.
Claro que debe seguir existiendo. Pero no como una vidriera de shopping en la que se presentan muestras casi gratis (el precio de la entrada también es una cuestión debatible) del cine que nos estamos perdiendo cada vez que se estrena una película de Hollywood. Debe despojarse de la preocupación por ser aceptado por el gobierno de turno. No hacen falta protestas sindicales o sectoriales. Si algún reclamo debe hacerse, es por el respeto a la libertad de acción artística, para que siga como un ámbito en donde lo primero que se respete sea la poesía del acto narrativo.-
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Posted on 26 Apr 2008 by Elbio
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